domingo, 28 de octubre de 2012

La búsqueda



Llegamos a la playa de Beyin, donde en un principio íbamos a hacer noche (hay un hotel allí) a pesar de que nos dijeron que nos iba a salir más caro de la cuenta. Cual fue nuestra sorpresa cuando nos informaron que el hotel estaba lleno. Tengo que decir que a partir de ese momento, la búsqueda de alojamiento se convirtió en una aventura realmente pesada y agotadora. Los que no nos decían que estaban llenos, nos ponían unos precios desorbitados. Durante aproximadamente tres horas sin parar de caminar con nuestros equipajes a la espalda, recorriéndonos la zona de arriba abajo, conseguimos localizar un hotel (que hasta el momento era en lo referente a calidad/precio el mejor) que nos podía alojar. Llegamos exhaustos,  nos dimos una ducha necesaria y bajamos a la ciudad a buscar un lugar donde nos dieran de cenar. El sitio que encontramos no estaba mal, aunque la mayoría casi nos quedamos dormidos encima del plato, por lo que al volver al hotel nos fuimos directos a dormir.

Sin prisa por madrugar, a la mañana siguiente nos levantamos y cogimos una Tro-Tro que nos llevó a la estación de autobuses de Takoradi. Allí comimos algo (yo desayuné dos empanadas, que aquí son tooooodo masa, el relleno lo intuyes) y nos tocó esperar del orden de hora y media a que se llenara un autobús, ya que cuando llegamos estaba saliendo uno. El viaje de vuelta fue menos entretenido que el de ida, aunque cuando a Patri le picaba algún bicho (el típico Migus Silvestrus) la cosa se animaba. Íbamos muy cansados. Como a una hora y media o dos horas de nuestra casa, yo empecé a encontrarme fatal del estómago. No se si fue por el agua, la comida o un poco todo, el caso es que lo pasé realmente mal. Tengo que dar las gracias a mis compañeros que se preocuparon porque el taxi que cogimos al bajar del autobús, llegara lo antes posible a casa. Para ello, el taxista que nos llevó desde la estación de autobuses, entraba en las rotondas sin miedo a nada, cual kamikaze. Era para verle, ¡¡menudo fitipaldi!!

sábado, 27 de octubre de 2012

Impacto cultural


El poblado de Nzulezo me ha hecho ver la vida desde otro punto de vista. Ha sido una experiencia y una sensación que no olvidaré jamás. Cuando llegamos por la noche, lo primero que hicimos fue descargar las mochilas en nuestras respectivas habitaciones (eran de madera, construidas sobre el lago Amanzuri, como el poblado en sí). Inmediatamente después, Daniel nos llevó a su bar, en el que sin darnos cuenta estábamos rodeados de niños. Ese fue el momento en el que tuve una sensación horrible, ¿qué pintábamos nosotros allí y por qué no había más gente alrededor?


Salí al poblado en el que era todo silencio y únicamente dos personas se encontraban cerca del bar. Me miraban de una forma que me hizo sentir incómodo, porque me dio la sensación que esa gente que vive en un sitio tan recóndito, (en el que todo lo que le rodea es agua y para desplazarse a cualquier sitio tienen que usar la canoa) lo último que les apetece es que lleguen turistas a perturbar su tranquilidad. Por si fuera poco todo lo que tenía en la cabeza, el jefe del poblado nos hizo una “visita guiada” en la que a la gente que intentaba dormir en medio del camino, los describía como si fueran monumentos que ver (esa sensación me dio a mi) y a otros directamente los despertaba. Cierto es, que toda esta gente necesita a los turistas ya que son los que pueden dejar dinero en el pueblo, pero… ¿a que precio?


A la mañana siguiente y tras pasar la noche en vela, (una simple pisada hacía que se moviera la casa entera) Daniel nos llevó a ver los manglares donde tienen las destilerías. Ciertamente el visitarlas era lo de menos, ya que lo que nos interesaba a nosotros eran los parajes que atravesamos para  hacerlo. Pasamos por sitios alucinantes, en los que a mi me daba la sensación de que podía saltar un cocodrilo sobre la canoa en cualquier momento. Llegamos a la destilería, Daniel nos explicó su funcionamiento, nos dio a probar el vino de palma que no tiene alcohol (tiene un sabor semejante a la sidra)  y la bebida propia del lugar, que tiene cierto parecido al aguardiente.






Una vez terminada la visita volvimos al poblado, en el que nos sacaron todo tipo de objetos que comprar, hojas de donaciones, etc. Recogimos  nuestras mochilas, y a diferencia de la ida, volvimos en canoa a remos. La verdad es que el viaje de vuelta fue increíble, ya que pudimos ver todo lo que por la noche había sido imposible. Nos dimos  cuenta del tirón turístico que tiene el poblado, ya que nos cruzamos con aproximadamente 10 canoas o 15 que se dirigían allí. Tras volver a pisar tierra, fuimos donde Pepe, comimos algo,  le agradecimos el trato recibido y partimos en Tro-Tro hacia Beyin. Una vez allí, comenzó una nueva aventura, la larga y agotante búsqueda  del hotel en el que dormiríamos.






viernes, 26 de octubre de 2012

Largo viaje hasta el Lago Amanzuri


Como ya os comentaba la madrugada del viernes, nos dirigimos los componentes de nuestra casa incluyendo a Nayra, Rapture y Augustín, a la estación de autobuses de Kumasi. Nos llevó el hermano Augustín en la bala plateada. Cuando llegamos, ya estaban allí Patri y Ana esperándonos. Hicimos tiempo hasta que se llenó el autobús, aunque una vez lleno la gente no estaba de acuerdo con que nos sentásemos todos juntos. Por lo que nos tocó cambiar los billetes para que coincidieran con la parte de atrás del bus, donde entrábamos todos.



El viaje hasta Takoradi fue bastante largo, (como cinco horas) aunque entre que el paisaje era espectacular y la señora Patricia no paraba de darme conversación, se hizo bastante ameno. Si que es cierto que cada dos horas y media o tres, el autobús para en medio de la carretera para que los pasajeros vacíen sus vejigas (cinco minutos), lo que permite estirar un poco las piernas ya que el autobús es realmente incómodo. Como iba diciendo, tras cinco horas de viaje aproximadamente, llegamos a Takoradi. Una vez allí, tuvimos que coger una Tro-Tro (sólo para nosotros, ya que la ocupamos entera) que nos llevó a Beyin.

El camino hasta Beyin era de hora y media, dos horas. Lo pasé un poco mal, ya que el conductor iba a velocidad de crucero por unos caminos en los que lo raro era que no reventaran las ruedas cuando cogía algún bache.






Por fin, tras siete u ocho horas de viaje, llegamos a nuestro destino… El bar de Pepe. La verdad es que el sitio de entrada, nos pareció espectacular. Un bar de madera entre un paisaje y una flora alucinante. Pepe nos recibió con los brazos abiertos. Inmediatamente después, nos informamos de cómo y donde íbamos a dormir. Pepe se puso en contacto con su gente para que esa noche durmiéramos en Nzulezo (un poblado de madera construido encima del lago Amanzuri). La tarde la pasamos allí todos, disfrutando del lugar y la tranquilidad que allí se respiraba. Pepe nos hizo una paella para cenar y cuando acabamos, nos montamos en una canoa motorizada con Daniel (jefe de Nzulezo) que nos llevó a través del lago Amanzuri entre una gran vegetación y bajo la luz de la luna llena a su poblado. Una experiencia difícil de olvidar.